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El timo de los novios
Los banquetes nupciales reservan
comidas de escaso nivel que engañan a los comensales
Rafael García Santos
Bogavante en lasaña con
verduras a la vinagreta balsámica; rodaballo sobre compota
de tomate fresco al perfume de albahaca; solomillo con salsa
de vino tinto; cebolletas y zanahorias glaseadas; y macedonia
de frutas exóticas con su coulis. Sobre el papel, un menú
importante del que íbamos a disfrutar en una reciente
ceremonia nupcial: manjarosos nombres, cocina con entidad, estudiada
disposición de platos, sabores convencionales rejuvenecidos
graciosamente Un ágape que prometía. Pero para
los ilusos y para ese mundo que valora la fiesta con definiciones
sacrosantas del tipo: «Nos pusimos ciegos» o «no
sabes cuánta comida sobró».
Porque cualquier boda, salvo en contados establecimientos muy
excepcionales, está sujeta al timo de los novios, uno
de los más extendidos en la picaresca internacional. Primero,
porque por el convite matrimonial cobran sustancialmente más
entre un 50 y un 100% que a la carta por un buen servicio
un día normal. Dos, porque la cantidad de comensales convierte
al restaurante en una factoría en la que todo se prefabrica
durante la semana y se monta a última hora; ello, con
suerte. Tres, porque mientras el cliente no se haya ganado el
respeto del vendedor de tartas nupciales, demostrando que sabe
lo que quiere, negociando el menú, los géneros,
las cocciones, los detalles y las nimiedades, será tratado
numéric

























